La meditación implica un permitir, un dejar pasar, una capacidad progresiva para renunciar a la tensión física y mental. Pero también lleva implícita una relación especialmente benéfica, que se traduce en una plena atención, un estar alerta a diario. Dicho en otras palabras, la meditación reeduca el cuerpo, eliminando los malos hábitos de la tensión física y los sobreesfuerzos innecesarios que solemos asumir desde una etapa excesivamente temprana de la vida, además de procurar una mayor consciencia corporal. En efecto, el meditador está en armonía con su cuerpo, hasta el punto de percibir la tensión y relajarla.
Una buena parte de nuestro olvido se debe a nuestra incapacidad para concentrarnos en lo que sucede en el entorno, y en consecuencia, para almacenarlo en nuestros bancos de memoria. En gran parte se debe a la interferencia de la mente consciente, sobre todo cuando estamos preocupados o ansiosos, como por ejemplo, antes de hacer un examen.
La meditación ayuda a apaciguar estas emociones inhibidoras y nos permite recordar las cosas en el momento necesario.
El ejercicio y desarrollo de la consciencia también contribuye a potenciar la memoria. En este sentido, no conseguiremos recordar las cosas con regularidad a menos que seamos plenamente conscientes de ellas. Con frecuencia, acusamos a los niños de "estar en las nubes" o de olvidar cosas que para nosotros son importantes. Pues bien, el problema consiste (por lo menos parcialmente) en que pasamos tanto tiempo diciéndoles que piensen, que cerramos una buena parte de su consciencia del mundo exterior.